El Cuento de Alana

Alana era una gota de agua que vivía plácida y serenamente en la profundidad del Océano.

Un día el Océano se agitó y Alana comenzó a emerger, despacio, hacia la superficie. La vida seguía siendo plácida y serena y el Océano le procuraba todo lo que necesitaba, así que Alana continuó ascendiendo.

Cuando los rayos del Sol que penetran en las profundidades del Océano tocaron los bordes de Alana la transformaron en un alargado Pez.

Con esta transformación Alana dejó de moverse al compás de las mareas y aprendió a nadar y a explorar el mar que la rodeaba. Esta nueva situación seguía siendo placentera y la curiosidad de Alana no tenía fin por lo que exploró simas y abismos, profundidades y superficie del Océano. En sus viajes conoció a los peces del miedo, la ira y la tristeza y también a las gaviotas de la bondad y a la alegría. Por fortuna el Océano seguía dándole lo que necesitaba para seguir explorando.

Tanto le gustaba a Alana la compañía de las gaviotas que pasaba cada vez mas tiempo en la superficie. El Sol fue secando poco a poco las escamas de la mitad de su cuerpo hasta que la convirtió en una preciosa Sirena.

La vida de Sirena se parecía mucho a la de pez. Nadaba, buceaba y jugaba. No había mucho de lo que preocuparse. Además, conoció a otras sirenas y tritones con los que explorar el Océano…y las playas de la Tierra.

Un buen día Alana jugaba en la arena de la playa y no se dio cuenta de que la marea cambió muy rápido. Alana quedó varada en la arena, sola y asustada. De nuevo el Sol implacable secó las escamas de su cola y las transformó en dos piernas. Alana se había convertido en Humana.

Fue difícil para Alana acostumbrarse a esta nueva forma. Podía seguir nadando, pero bucear y jugar era mas complicado. Ya no tenía al Océano para ocuparse de ella y adentrarse en el mar para conseguir comida era peligroso. Las olas imponentes le impedían navegar.

Caminado por la arena de la playa y pensando en su nueva situación, pudo observar una enorme tabla de madera flotando entre el oleaje y tuvo una idea. Se haría con esa tabla para poder navegar. Le daría la forma del Pez para moverse ágilmente en el agua. La endurecería con resinas imitando las escamas para evitar que se hundiese y le pondría una aleta como la que ella tenía siendo Sirena.

La destreza de Alana con su tabla fue creciendo día tras día y era capaz de deslizarse por las olas como los peces y las gaviotas que conoció siendo una gota de agua. Su vida en la playa y el mar no podían ir mejor.

Sin embargo, Alana quería algo más. Recordaba su tiempo de gota de agua mucho tiempo atrás y añoraba esa sensación de placida y serena. Las olas le gustaban, pero se daba cuenta de que le hacían estar siempre alerta, sin descanso. Tenía que haber algo más.

Entonces descubrió una nueva playa. No era como su playa, allí las olas rompían con fuerza y formaban largos túneles antes de deshacerse en espuma. Armada de valor y de su tabla, Alana se adentró en aquel mar. Decidida a colocarse en el centro de ese túnel practicó y practicó hasta dominar aquellas rompientes. Y solo después de intentarlo muchas veces, un día remó una gran ola y saltó sobre su tabla poniéndose de pie y se dirigió hacia el centro de ese túnel que formaba la ola. Cuando la ola rompió la espuma del mar se deshizo en un enorme espray y Alana y su tabla se fundieron con aquella espuma convirtiéndose de nuevo en gota de agua y continuando su ascenso hacia las nubes y el Sol.

Jesus Melendo
hola@alanadesarrollointegral.com
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